jueves, 7 de julio de 2011

Este texto titulado "Reflexión en un momento de soledad es anterior a las manifestaciones del 15 M

La soledad es un estado de ánimo que nace de la indiferencia de los otros hacia el que se siente solo. Aunque el que se siente solo, a veces, es el indiferente hacia la atención de los otros y solo sabe acompañarse a si mismo.


Para vivir sin soledad hay que saber amar y dar, amar y darse. La compañía es atención pero, sobre todo, intención concentrada. Es la intención la que da sentido al gesto, a la caricia y a la palabra. La palabra dirigida sin intención queda desprovista de significado, vacía e incluso, dependiendo de cuál sea la intención del subconsciente de quien la enuncia, dar un significado contrario al concertado por la Real Academia de la Lengua, en su diccionario. Pero la intencionalidad debe ser compartida tanto por quien enuncia el gesto, la caricia o la frase, como por la persona a quien va dirigida. Para salir de la soledad debemos aprender a convivir, vivir con..., vivir con los otros o, lo que es lo mismo, a compartir vivencias, querencias, carencias, ansias y demás sentimientos.
Es por eso por lo que el mensaje del lenguaje de los políticos y su discurso nos parece siempre tan desprovistos de contenido y es siempre inalcanzable para aquellos hacia quienes va dirigido; los ciudadanos que, a pesar de todo, ponen toda su intención en entenderlo. El mensaje de los políticos parece tener como intención última y única, convencer a los ciudadanos de lo que ellos mismos no están convencidos y que, la mayoría de las veces no son ellos quienes construyen el mensaje sino quienes transmiten el dictado, con la sola intención de ganar un mayor número de votos o hacer que los pierdan sus opositores, sin tener en cuenta para nada los intereses de quienes les han llevado hasta el gobierno, ni los problemas que están ensombreciendo sus vidas, sumergiéndoles cada día más en la soledad y el abandono.
El ciudadano de a pié se encuentra solo y sumergido en esta crisis política, económica, social, climática, medioambiental, institucional, ética y moral. Su compañía más próxima e inmediata, su pareja, se encuentra sumida en la misma crisis y también sola. Ambos se aislan cada día más, sintiéndose más solos aún, agobiados e impotentes.


La impotencia es la parálisis que provoca el miedo y su respuesta, puede ser el ejercicio de cualquier forma de violencia; desde la autodestrucción en forma de suicidio, hasta la agresión o el asesinato. La soledad, agrava aún más, si cabe,la crisis laboral. Por todo ello no parece extraño que en momentos de crisis aumente el número de víctimas de violencia de sexo, disminuya el número de denuncias por malos tratos y ocurra que padres se inmolen junto a sus hijos, para no verles morir de hambre. Esto que ahora es bastante frecuente, parece sorprender a los políticos en el poder que necesitan estudiar las posibles causas que lo justifiquen. Nada de todo esto tiene justificación alguna pero sí una posible explicación causal que si no ven es porque no quieren verla o porque nunca han intentado ponerse en el pellejo de otros.
Hay que tener mucha cordura para que, en situaciones como éstas que estamos viviendo, podamos salir de la soledad y la impotencia a la que nos han conducido y no perdernos en el abandono.
Recuerdo que cuando era un niño que empezaba a abandonar el juego e interesarme en cosas más serias e importantes, me encontré sumergido en un mundo que me gustaba muy poco, por no decir nada, y en el que todos mis mayores me daban consejos, a veces intencionadamente autoritarios sobre lo que se debía o no se debía hacer, de cómo hacerlo y cuándo, aduciendo siempre en apoyo de sus teorías la propia experiencia o la heredada de sus antepasados que, al parecer y siempre según sus criterios, lo habían hecho muy bien. Pero yo, cuanto más me fijaba y más entendía, menos cosas encontraba que me gustaran.


En esos momentos comencé a rebelarme y preguntarles ¿por qué si lo habían hecho todo tan bien, todo se veía tan mal? A partir de entonces, decidí que a nadie permitiría tomar decisiones por mí, por más que me quisiera o le quisiera. No permitirlo, no solo era bueno para mí porque jamás tendría que decir, ante cualquier fracaso, la culpa fue de..., y bueno para la persona que me había brindado su experiencia porque jamás tendría que oírme decir: "fue por tu culpa". Sería yo quien, a partir de ese momento, decidiera responsabilizarme de cualquiera de mis decisiones y actuaciones.
Decidí tomar las riendas de mi vida e intenté crear, en compañía de otros jóvenes que creían en lo mismo, un mundo mejor. Tal vez no lo consiguiéramos, o tal vez lo hiciéramos peor, pero debíamos intentarlo. Nos pusimos "manos a la obra" y conseguimos salir de la opresión.
Ganamos un orden nuevo que creímos imperecedero y lo pusimos en manos de políticos que, si bien no estaban vinculados al franquismo en su mayoría, tampoco todos habían luchado para provocar la transición. Algunos, por miedo personal o por miedo de familiares, se limitaron a mirar como se hacían las cosas. Yo que procedo de una familia de izquierdas de siempre, recuerdo que no éramos un ejemplo a seguir y muchos padres de compañeros de estudios, aún reconociendo que todos los hermanos éramos buenos chicos y educados, desaconsejaban a sus hijos  que nos frecuentaran.
La mayoría de nuestros políticos con poder  han nacido en la transición y en sus manos dejamos lo que con tanto esfuerzo se había conseguido, sin dudar de que ellos, desde sus cargos continuarían la lucha por la igualdad y la democracia.
Nos democratizamos algunos y lo simularon todos los demás, incluidos el mundo de las finanzas y el dinero. Juramos creer en el diálogo y dialogamos, sin darnos cuenta de que cada día nos quitaban más libertades importantes, embaucándonos



Comenzamos a adocenarnos en un falso bienestar social, éramos menos creativos cada día y sobre todo, dejamos de ser críticos. El banco, con la sola domiciliación de la nómina, nos daba todo tipo de facilidades para hacernos con el piso, el coche, un buen colegio para los niños, segunda vivienda, etc. A medida que mejoraba nuestro poder adquisitivo, disminuían nuestras libertades y aumentaba nuestra dependencia, hasta llegar a este disparate en crisis, sin que podamos culpar a nadie por ello. Nosotros lo hemos consentido. Fue nuestra la culpa por haber creído que habíamos hecho suficiente con provocar el cambio.
Personalmente yo nunca tuve vocación de político, sí de luchador. Confiamos demasiado en quienes hicimos depositarios del poder de pueblo soberano. Debimos estar alerta y haberles reclamado una mayor participación en las decisiones que se tomaban, sin saber siquiera quién lo había decidido y, tras la primera legislatura, exigirles la reforma completa de la ley electoral. La vigente nos condena para siempre a este bipartidismo extremista y mediocre que ha comenzado a chotear a la democracia, sin ningún tipo de pudor, disponiendo a su antojo de lo que, en principio, debería ser uno de los grandes pilares de una democracia, "El poder judicial" y que está tan por encima de nosotros que, al mirar hacia su altura nos parece verles levitar. A tanta distancia están que parecen inalcanzables.

Pido perdón a la juventud por la parte de responsabilidad que pueda corresponderme de este desaguisado al que se ha llegado y les digo, con toda la sinceridad de la que soy capaz: "La hemos ca...." Detesto el lenguaje grosero y me disculpo por la frase pero, creánme si les digo, que no encuentro otra que lo refleje mejor.
Recuerdo ahora al joven que entonces era y recuerdo lo que me había deslumbrado la lectura de "La dialéctica del amo y del esclavo" de Hegel, y aquellas clases maravillosas del ilustre profesor Dr. Don Emilio Yedó a quien debo lo que soy y a quien estaré eternamente agradecido. Razón tenía nuestro querido maestro al advertirnos del riesgo que corríamos de convertirnos en esclavos permanentes del Amo que hay en cada uno de nosotros. Tenía razón y en esclavos nos hemos convertido la inmensa mayoría. Lo digo con profunda vergüenza.
Algunos, y casi siempre de forma aislada, intentamos acabar con nuestra propia esclavitud, pero la dependencia de nuestro amo, ama por simple concordancia gramatical, Dª Finanzas, hace imposible la misión como así nos lo han hecho ver nuestros gobernantes ahora convertidos en drogodependientes. Ya casi ni recuerdo la última vez que yo, siendo esclavo, conseguí vencer a mi amo convirtiéndome en su amo.


Ahora empiezo a vislumbrar las razones que tenían los jóvenes para interesarse tanto por la tecnología informática y esa facilidad que manifiestan para acceder a ese mundo y navegar en él, algo que a la inmensa mayoría de nosotros y de alguna generación  posterior a la nuestra, encontramos tan misterioso y complicado. 
A los jóvenes les ha pasado, como a la mayoría de nosotros cuando fuimos igual de jóvenes; no les gustaba, ni les gusta ahora el mundo que les hemos dejado, levantado y destruido en el solo transcurso de poco más de un cuarto de siglo. Un mundo que aspiraba a global y democrático, cada día con más fronteras cerradas y una Europa que se publicitaba unida, cada día menos solidaría y con más ombligos que se miren.
Ante toda esta locura, los jóvenes de ahora, más objetivos de lo que nosotros fuimos, mejor preparados y carentes de nuestra capacidad sufridora, han decidido fabricarse un mundo virtual, cuya realidad, piensan que solo ellos controlan, ajustándola a su medida, al igual que hacen con sus relaciones personales y humanas, amándose en esa virtualidad en la que no tienen cabida la soledad, ni el dolor, ni el abandono, y en el que la violencia y el mal trato puedan ser corregidos e incluso desaparecer sólo con pisar una tecla del teclado.
Entonces aún no se habían dado cuenta de que en esa huida al mundo de lo virtual, esa misma tecla que hace desaparecer la violencia, el desamparo, la soledad y todo lo malo, también podría borrar lo bueno, incluido él mismo. Ahora si lo saben. La realidad de lo virtual es pura ficción, ficción en la que todos nosotros, incluidos quienes no somos expertos en la navegación por el ciber espacio, sin ninguna clase de herramientas apropiadas ni de naves, hemos estado navegando y viviendo, unos más que otros, convencidos de que todo iba bien y que este momento nunca llegaría.
Pues ha llegado y son ellos, los jóvenes, quienes primero lo han visto. Nos lo venían anunciando desde que nosotros, no ellos, permitimos que nos embarcaran en una virtualidad que nada tenía que ver con la tecnología sino con las ferias, los circos, el milagro de los espejos cóncavos y convexos, y de los magos de las finanzas                     

No hay comentarios:

Publicar un comentario