jueves, 30 de junio de 2011

Biografía del autor

En la infancia los días son siempre cálidos, luminosos y nuevos. Cada día es un estreno de todo lo conocido y de lo "por conocer". El tiempo nos parecía algo mágico, entrañaba promesas de futuro y su devenir discurría como una película en color rodada a cámara lenta. Ningún día era igual a otro día, y todos guardaban un milagro que descubrirnos e implicaban una promesa abierta al mañana. El mundo, su distancia nos parecía inabarcable e infinita y la globalización, de la que ya se empezaba a hablar, nos sonaba a viaje en globo de una a otra dimensión.
Nunca olvidaré la sensación que tuve la primera vez que cruce el Atlántico y desembarqué en el puerto de Cádiz sintiéndome Cristóbal Colón, tras tres largos días navegando por esa mar que ya era amiga. Para mí, isleño, España era una desconocida que había aprendido en los libros de texto y cuya distancia era la que había visto en los mapas que, a pesar de parecer tan próxima, era lejana y secreta. Habíamos creído vivir, estudiar y jugar en un día que nos había parecido eterno y en un patio de recreo que, por entonces, cumplía todas nuestras expectativas.
Pero llegó el mañana que es hoy, y los días aceleraron su ritmo, apresuraron las situaciones a riesgo de dejarlas incumplidas y el milagro, si se producía casualmente y de tarde en tarde, no daba cabida a la sorpresa y ni tan siquiera a la esperanza.
Así llegué a la juventud soñando con un futuro brillante y plenamente consciente de la desigualdad, la opresión, el abuso y la injusticia social. Los días empezaron a perder matices, a ser más cortos e iguales. Fueron días en los que el hombre tuvo que luchar para redimirse, para ganarse el libre albedrío y recuperar su malherida dignidad. Fueron tiempos difíciles. Ganando libertad fuimos ganando valores. Ingenuamente, creí que la libertad, si se gana, es para siempre, su posesión  definitiva y su usufructo no la deteriora. Iluso de mí, no supe entender que era un bien a proteger eternamente.
Ganada la libertad, creí ganado el derecho a construirme un mundo propio, lejos de la protección de mis orígenes, donde solo yo fuese protagonista de la autoría de mi futuro inmediato y venidero.
Dejé el mundo afectivo que hasta entonces me había sostenido y me fui a otro muy distinto donde quise ganarme el derecho a pertenecer. Lo que en un principio fue desierto, hoy se ha convertido en vergel e incluso conseguí imprimir en esa arena alguna huella de memoria.
De pronto se me rompió la distancia y nuestro mundo, la tierra, se me apareció como si la viera desde cualquier otro planeta, pequeña y azul como una gota de mar o una lágrima prendida en la bóveda espacial. Fui consciente de su fragilidad y de la nuestra. Mi ser se partió en dos, tres y hasta cuatro fragmentos de la unidad que hoy me delimita y completa sin dejar de ser yo mismo.
Descubrí que todos los mundos y todos los hombres que los habitan son iguales en esencia; apetecen y adolecen, en mayor o menor grado, de lo mismo. En cualquiera de las orillas los acontecimientos no traían alegrías duraderas, solo dolor, miedo, incertidumbre, desesperanza y vértigos de locura.
Cuando era niño y la muerte, una extraña, visitaba por sorpresa a un desconocido, el dolor de los suyos también nos desgarraba. Si era próxima también con ella moríamos un poco. Por entonces, la muerte nos afectaba siempre como próxima y al ser familiar y humana, dejaba rostro, nombre, historia que recordarnos y seres queridos que le llorasen. Ahora, por frecuente y numerosa, resulta extremadamente lejana, hasta el punto de afrontarla desde la indiferencia y el desamor. Ahora ni nos duele, ni nos conmueve, ni recordamos sus nombres, ni sus caras: sus historias solo son eso, historias, una más entre tantas. De todos esos muertos, solo hemos conocido a unos pocos y sus rostros se confunden con los de tantos y tantos desconocidos a los que, no habiéndoles estrechado jamás la mano, no habiéndoles dado un abrazo solidario y humano, parece como si sus muertes no generasen el dolor del hijo, de la madre, del padre, de la novia, del amigo o del hermano.
No creas, por lo que te digo, que temo mi muerte; temo la tuya. la mía la llevo a cuestas y la vivo cada día sin más miedos que los que me provoca tanta indiferencia ante todo, tanta ambición desmedida al precio de quien caiga, la obsesión de llegar al objetivo cruzando cualquier vía, incluida la de perdernos el respeto y llegar a la indignidad. La fe en Dios y en su castigo me la arrebataron casi al nacer, por eso no temo mi muerte y sí temo la tuya, tú que dices que crees. Perdí mi fe en Dios pero aún no he perdido la fe en ti, en el hombre que es capaz de lo más pequeño y de lo más grande, el único capaz de salvar al hombre de su enemigo depredador: el hombre.
Yo, en la cuenta atrás del transcurrir de mis días, ni temo la muerte próxima, ni la vejez que la arteriosclerosis anuncia. De la vejez temo el deterioro que conlleva; no el físico que solo transmite la dureza de las corrientes atravesadas y las huellas que ha dejado en nosotros el discurrir progresivo de la vida, sino el deterioro de los sentimientos mejores, los del alma por llamarlos de alguna manera que son los que nos impiden la comodidad del abandono y el olvido de lo que fue uno mismo. La vida ya no es una película en color, rodada a cámara lenta. Ahora se asemeja más a una película de cine mudo a la que nadie está interesado en incorporarle voz, ni subtítulos, rodada en blanco y negro, con exceso de revoluciones por minuto y dirigida a un público, mayoritariamente ciego y sordomudo.
Solo tú puedes salvarme del olvido que es la muerte, de mi pasar sin haber estado, de la odisea del fracaso. Yo que no tuve hijos a quienes dejarles mi historia, a quienes entregar el testigo al final de mi carrera hacia la nada, quisiera que fueses tú quien alimente y defienda mi memoria y la de tantos otros que, realmente intentamos dejarte un mundo mejor

No hay comentarios:

Publicar un comentario